El Padre Nuestro es la oración cristiana por excelencia. Jesús mismo la enseñó a sus discípulos cuando le pidieron: "Señor, enséñanos a orar". Es el modelo perfecto de toda oración, conteniendo todo lo que debemos pedir a Dios.
La Oración
Explicación de cada petición
1. Padre nuestro que estás en el cielo
Reconocemos a Dios como Padre amoroso y también como Dios santo que habita en la gloria. Esta invocación combina confianza filial y reverencia.
2. Santificado sea tu Nombre
Pedimos que el nombre de Dios sea glorificado por todas las criaturas, que todos reconozcan su santidad y majestad.
3. Venga a nosotros tu Reino
Suplicamos la venida del reino mesiánico, es decir, la plena realización de la salvación, cuando Dios será todo en todos.
4. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo
En los cielos los ángeles cumplen perfectamente la voluntad de Dios. Pedimos que así sea en la tierra, especialmente en nuestras vidas.
5. Danos hoy nuestro pan de cada día
Pedimos las necesidades materiales para vivir, pero también el "pan espiritual": la Palabra de Dios y la Eucaristía.
6. Perdona nuestras ofensas
Reconocemos que somos pecadores y pedimos misericordia. Pero esta gracia está condicionada al perdón que nosotros concedemos.
7. Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Condición esencial para ser perdonados: debemos perdonar de corazón a quienes nos han herido.
8. No nos dejes caer en la tentación
El Catecismo aclara: Dios no tienta a nadie; pedimos ser preservados de caer en la tentación y ser librados del maligno.
9. Líbranos del mal
La petición final resume todo: librarnos del mal del pecado, del mal del sufrimiento, y del Maligno personal.
El Padre Nuestro es la oración que une a toda la asamblea litúrgica. Es el único momento en que el sacerdote extiende los brazos en posición orante junto con todo el pueblo, mostrando que todos somos hijos que oramos juntos al Padre.
Sobre esta oración
El Padre Nuestro es la única oración que los cristianos conservan con su autor identificado: Jesucristo. Los evangelios la sitúan en dos momentos distintos, el Sermón del Monte y la petición de unos discípulos que querían aprender a orar. Desde los primeros siglos forma parte de la liturgia bautismal y de la celebración eucarística, y sigue siendo la oración común de todas las confesiones cristianas. Su brevedad encierra un orden preciso: primero el nombre, el reino y la voluntad de Dios; después el pan, el perdón y la liberación del mal. Quien la reza se une a una multitud que la pronuncia en todas las lenguas.
Lo que conviene saber
- Jesús la enseñó a los discípulos que le pidieron: Señor, enséñanos a orar.
- Se conserva en dos versiones evangélicas: la de Mateo, más extensa, y la de Lucas, más breve.
- La Didajé, texto cristiano de los primeros siglos, ya ordenaba rezarla tres veces al día.
- En la Misa se reza tras la Plegaria Eucarística y antes de la comunión, con toda la asamblea.
- Contiene siete peticiones: las tres primeras miran a Dios y las cuatro siguientes al hombre.
- En el rosario abre cada decena y sostiene la meditación del misterio correspondiente.
Reflexión
Jesús no dejó esta oración como un texto más entre otros, sino como el modelo de toda plegaria. Su primera palabra es ya una confesión: Dios es Padre. La oración no comienza pidiendo, sino reconociendo. Y ese Padre no es solo mío, es nuestro: quien la reza se descubre dentro de una familia, la Iglesia, y acepta como hermanos a cuantos la pronuncian con él.
Las tres primeras peticiones ponen a Dios en el centro. No pedimos que su nombre se vuelva santo, porque ya lo es; pedimos que los hombres lo reconozcan. No inventamos un reino futuro, sino que suplicamos que llegue a su plenitud. Y al decir hágase tu voluntad admitimos que nuestro plan no es el único ni el mejor. Antes de hablar de nosotros, la oración habla de Él.
Solo después llegan las necesidades: el pan de hoy, porque la confianza se ejercita a diario. El perdón aparece con una medida que nosotros mismos fijamos, la misma con que tratamos a los demás. La petición final no promete una vida sin pruebas, sino la fuerza para no ceder y la liberación del mal. Rezarla despacio enseña que la oración no consiste en muchas palabras, sino en confiar.
Cómo rezarla hoy
Conviene rezarlo despacio, deteniéndose en cada petición como si fuera la única. Una buena costumbre es tomar una petición distinta cada día de la semana y meditarla durante la jornada. Si la mente se distrae, no hay que angustiarse: basta volver a la frase donde se perdió el hilo. Rezarlo al despertar ordena el día, y rezarlo antes de dormir permite revisar si hubo perdón, si hubo confianza, si hubo pan compartido. En momentos de tentación, la petición que pide no caer es la más honesta y la más eficaz. Y cuando resulte difícil perdonar a alguien, conviene nombrarlo al llegar a esa frase.
Oración final
Padre bueno, que en tu Hijo nos has hecho tus hijos, enséñame a orar como él oró. Que tu nombre sea lo primero en mi vida, que tu voluntad sea mi descanso y que mi pan sea compartido. Dame un corazón que perdone de verdad y no me dejes solo en la prueba. Amén.